El paciente

En el verano del 97, en un viaje a Mar del Plata, compartí el asiento del tren con una enfermera jubilada, muy simpática y extrovertida que me relató como cierta la siguiente historia.

Hacía cuatro días que Rodolfo Chahín estaba internado en la Policlínica Modelo a raíz de algunos desmayos padecidos.
Como todo hombre enfermo, en cama se tornó más molesto e impaciente que de costumbre y ni siquiera modificó su actitud con el televisor que le trajeron especialmente.
Ana, su esposa, soportaba su malhumor como una autómata y rara vez le replicaba, sea cual fuere la orden o reprimenda que el hombre le hacía.

― ¡Tres días tardaste en conseguirme esta habitación para estar solo! –gritó a su esposa- Tuve que soportar al viejo ese que hacía unos ruidos terribles cuando le daban de comer y al que hasta el agua mineral sin gas le producía gases.

― Y bueno, viejo, a mi me llevó dos días el trámite para que te cambiaran de habitación -musitó Ana- Me dijeron que los familiares de él también habían pedido una habitación para estar solos -agregó mientras subía el volumen del televisor.
― Apagá eso que no hay nada para ver -dijo Rodolfo señalando el aparato con gesto ampuloso- y andá hasta la guardia ya mismo a buscar al médico así me da el alta de una buena vez.

― El doctor dijo que él iba a pasar cuando hiciera la recorrida por todas las habitaciones y en ese momento evaluaría…

― Andá, te digo, buscalo ya!
― Pero... ¿te gusta el televisor que te compré? -preguntó Ana a la espera de una palabra afectuosa.
― Te compré, te compré... como si lo fueras a pagar vos, ¡dale che, andá a buscar al médico así me puedo ir a casa que tengo que laburar, porque ahora hay que pagar la tarjeta de crédito con que compraste la tele.

Ana tomó su bolso con las dos manos, asintió con la cabeza las órdenes de Rodolfo y salió con pasos rápidos y cortitos hacia el alivio del silencio.
La mujer deambuló durante largo rato buscando al especialista que atendía a su marido pero no tuvo suerte. Cuando se disponía a subir al ascensor para volver al piso donde estaba internado Rodolfo, tropezó con un hombre corpulento y pelirrojo con guardapolvo blanco que cargaba un televisor y que ni siquiera se disculpó al golpearla con el aparato.
Ana continuó su camino pensando que nunca había visto un pelo tan rojo ni un guardapolvo tan desalineado. En unos minutos llegó nuevamente al lado de su esposo al que encontró para su asombro desnudo y boca abajo protestando para no perder la práctica.

― ¡Ah, llegaste ! -bramó- ¿dónde mierda te habías metido?
― Me pediste que busque al médico para que te dé el alta ¿te acordás, viejo?
― ¡Si que me acuerdo, marmota! ¿No viste a un médico pelirrojo? −preguntó gritando.
― No... –dudó− en realidad, si... -contestó mientras miraba la mesa en donde faltaba el televisor
― ¿Lo viste o no lo viste, carajo?
― Si...lo vi en planta baja hace un rato, bajaba del ascensor… llevaba nuestro...
― ¡Llamá un doctor, un doctor! –aulló Rodolfo sin escucharla.

Un médico de anteojos, pelado y con el guardapolvo desabrochado entró corriendo con un estetoscopio en la mano.

― ¿Qué pasa señor, que tiene? -preguntó.
― Un doctor pelirrojo vino hace un rato a tomarme la temperatura rectal y todavía no volvió –gimió Rodolfo todo transpirado.
― Acá no tenemos ningún colega pelirrojo –dijo con gesto pensativo- por otra parte dudo que le puedan tomar la temperatura con esto –agregó mientras le sacaba del traste una birome azul, trazo grueso.

Ana se sentó en un sillón, comentó que les habían robado el televisor y tomándose la cara con ambas manos se inclinó hasta apoyarse en sus rodillas.
El médico pelado, esgrimiendo la lapicera cual batuta, se acercó a la mujer pidiéndole que no llorase, que los bienes materiales se podían reponer, que lo importante, siempre, es la salud.
Rodolfo Chaín por su parte, tapó su cuerpo con la sábana, su cabeza con la almohada y su vergüenza con puteadas en todos los idiomas, cuyo eco –según dicen- aun se escucha en los pasillos de la Policlínica cada vez que un médico decide tomarle a un paciente la temperatura rectal.

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