Arena y sangre

Abriéndose paso a los empujones entre la muchedumbre que gritaba histérica, Carmen, con su rostro desencajado bajó las escalinatas hasta la arena en donde Rafael Domínguez, el Madrileño, yacía muerto y empapado en sangre. El gran torero de España acababa de fallecer.
Los picadores habían forzado al toro a salir del ruedo, no sin antes recibir furibundas cornadas en los protegidos flancos de sus caballos. La bestia mantenía sus fuerzas intactas ya que la lidia había durado sólo unos minutos. El sol desapareció en un ocaso de drama y dolor.

Aquel funesto día, por la mañana, Carmen fue quien despertó al matador con el desayuno. Ella preparó su ropa y lo llevó en su auto al lugar en donde le harían la nota periodística concertada previamente.
Carmen fue quien cocinó al mediodía para él y ella misma lo acompañó hasta la plaza de toros donde se desencadenaría la tragedia.
Fue Carmen quien le confió a su más íntima amiga que estaba embarazada, pero que había decidido darle la noticia a Rafael después de la corrida.
Carmen fue quien sufrió, como nunca, al ver aparecer al toro con sus quinientos kilos de furia amenazante.
Fue Carmen quien lloró abrazada a su amor, tirada junto a él en la arena, manchada con su sangre.
Pero no fue Carmen, sino Manuela, la esposa del torero, quien lo mató de dos tiros aquella tarde.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Este fue tu cuento de debut para el grupo de narradores, quedamos perplejos frente a un final que parecía anunciado y terminó con una sorpresa total. Te aplaudimos mucho. Realmente es uno de tus mejores cuentos, pero debo confesar que leyendo otros, hay muchos que deberías contar. Felicitaciones porque por "Arena y Sangre" te diste a conocer.
Graciela

Agustín Gribodo dijo...

Horacio, llegué a este sitio a través de Fotorevista, y leí "Arena y sangre" porque era el primero de la lista. A decir verdad, me gustó. También me gustan unas cuantas cosas de tu producción fotográfica. Seguiré visitando el sitio. Si tenés tiempo, pasá por el mío, hay cosas relacionadas con la literatura.
Un abrazo.

Silvia Macario dijo...

Caramba! No me esperaba este final.
Sos una caja de sorpresas Horacio.