Extraña pareja

Aquel verano del ’92 fue caluroso y sofocante. Con mi familia pasamos las vacaciones en Mar de Ajó, en la casa de mis suegros que está ubicada en un barrio alejado del centro, tranquilo, sin edificios, ideal para ir con chicos.
Cierta tarde en que llevaba solo veinte minutos de sueño profundo, mi esposa golpeó reiteradas veces la puerta del dormitorio y luego, al abrirla, me impuso:

–¡Dale Pablo, vamos a la playa!

La modorra era tal que me costó varios minutos incorporarme y abandonar la cama.

–¡Dale que ya son casi las cuatro y si vamos más tarde refresca! -gritó una vez más Cristina.

Después de lavarme la cara y calentar el agua para el termo, juntamos las cosas y partimos. Cristina llevaba en brazos a Guadalupe y de la mano a Ezequiel, de tres años. No habíamos caminado ni cincuenta metros cuando escuché a mi esposa protestar:

– ¡Será posible! -protestó al tiempo que daba vuelta como regresando.
– ¿Qué pasa? -le pregunté siguiéndola.
– La nena... se cagó toda.
– ¿Y no le ponés pañales... para qué los compramos? –le dije con mal tono.
– Habíamos quedado en sacárselos de día para que se acostumbre a pedir ¿ o no te acordás ? -dijo subiendo la voz y marcando cada sílaba como sólo ella sabe hacerlo.

Después de cambiar a “Guada” retomamos el camino hacia el mar. Yo llevaba dos reposeras, la lona, la canasta con el mate, la yerba, las galletitas, el repasador y el agua mineral, la sombrilla para protegernos del sol o del viento, los tejos, las paletas, el suplemento deportivo del diario, una bolsa con baldecitos, palitas, un camión arenero y un Jeep de plástico desarmable, desarmado. Y otra bolsita con los productos para proteger la piel : filtro solar número veinticinco, bronceador, las toallas, una crema para humectar la piel, dos pedazos de aloé vera que es una planta que Cristina cada tanto se pasa por todos lados “porque es natural y refrescante ¿ viste ?”, más un mazo de cartas de chinchón incompleto, ya que el as de oro recuerdo haberlo visto bajo la mesita del televisor porque Ezequiel lo sacó antes de jugar al “culo sucio” porque no quería perder. Todo esto lo llevé en las primeras dos cuadras, ya que después incorporé el gorro del nene que se sacó encaprichado y la zapatilla izquierda de Guadalupe que se le cayó por el camino.
Llevaba también las recomendaciones de mi suegra sobre no quitarles la vista de encima a los chicos, no sacarles el gorro, no meterlos en el agua a la fuerza si no quieren y sobre todo no quemarlos con el agua del mate, como una vez le pasó a ella con un sobrino.
Llegamos a la playa y nos instalamos al lado de una familia que devoraba facturas como si tuviera que ganar algún concurso en un programa dominical.
Me senté en una de las reposeras después de acomodar las cosas y ahí si, por fin, pude permanecer tranquilo y muy relajado por quince o veinte segundos, hasta que corrí a buscar a Ezequiel que se había alejado persiguiendo un perrito. Guadalupe masticaba arena mientras Cristina me preguntaba si había traído sus anteojos. Se molestó cuando le contesté que mañana traería la valija completa.
Mi hijo me pidió que le armara el Jeep. Eran como diez piezas que encastraban y tardé un buen rato. Cuanto terminé Ezequiel ya estaba jugando con una palita y ni se dignó mirar el juguete que le alcancé.
No habrían pasado cincuenta minutos desde que llegamos.

– ¡Bueno... vamos que está refrescando y la nena esta fastidiosa! -se expresó verbalmente el termómetro incorporado de Cristina.
– ¿Por qué? ¡ si estamos disfrutando mucho ! -respondí con ironía.
– ¡Dale dale, agarrá todo y vamos! -gritó mi esposa que ya había alzado a Guadalupe que lloriqueaba y cuyo maquillaje facial era moco, arena y lágrimas en partes iguales.

Suspiré, conté hasta diez y luego de traer al nene -obviamente llorando- que se había ido tras el vendedor de chupetines disfrazado de payaso, comencé a recoger las cosas pensando en quienes me decían, cuando Cristina quedó embarazada: “los hijos te cambian la vida...” Y yo siempre tomé la frase desde el punto de vista filosófico. Tener alguien que te suceda, la continuación del apellido, la realización como ser humano... ¡Pelotas! Te cambian la vida en serio estos locos bajitos, como los llama Serrat.
Desandamos lentamente el camino y no pude evitar hacer el inventario de todo lo que habíamos llevado y no usamos. “Cris” iba con la nena quince metros adelante, lo que me permitió mirar sin el menor disimulo una pulposa joven que caminaba en sentido contrario y que si escondía algo sería algún secreto, no mucho más. Llevaba una diminuta bikini amarilla. Incluso me di vuelta unos segundos para observar su “alejarse”. Cuando giré nuevamente me di cuenta que sus padres, vecinos de mis suegros a los que conocía de años, venían unos pasos tras ella.

– ¡Que grande está la nena! -dije poniendo cara de Monje Franciscano enclaustrado.
– Si. -fue la única respuesta del hombre, que con cara de bulldog había visto toda la escena.
– Su hija también crecerá... -acotó la mujer con una sonrisa muy especial. Y su comentario fue como un gancho al hígado.

Seguimos caminando unos metros, luego me detuve y mientras sacaba una piedra que se me había metido entre la ojota y el pie observé que Ezequiel se agachaba como para agarrar algo. Era un cascarudo, un bicho negro bastante parecido a una cucaracha aunque no tan desagradable.

– ¡Dejalo “Eze”, dejalo! -le ordené.
– ¿Por qué papi? -respondió al tiempo que se sentaba en la arena.
– Dejalo, pobrecito -le dije suavizando el tono y pensando que su manito inquieta apretujaría al pobre insecto.
– ¡Lo llevo para la casa de los abuelos, papi! -gritó eufórico.
– No, dejalo -insistí.
– ¿Por qué no lo puedo llevar? -preguntó con una ternura de esas que nos estrujan el estómago.
– Porque seguro va a buscar a su novia que lo debe estar esperando, y si no llega se va a preocupar mucho -improvisé al instante.

Soltó al animal que enfiló rápidamente hacia el tamarisco más cercano, me miró con carita triste, se paró y comenzó a andar nuevamente. Continué caminando y ya cerca de la casa giré para esperarlo porque se había retrasado. Lo vi acercarse con su mallita roja que se le caía un poquito y dejaba ver los dos tonos de su piel, chocolate y crema como yo le decía. Traía las manitos atrás y una travesura por sonrisa.

– A ver, mostrame la mano -le pedí con dulzura aunque con tono firme.
– ¡No, no y no! - gritó, y la vida misma rió con él.
– Dale mi amor, quiero ver tu manito -le insistí mientras acariciaba su cabello.

Lentamente adelantó su mano derecha y cuando la abrió se confirmó lo que suponía: allí estaba el cascarudo, todavía vivo pero más cerca de San Pedro (en el cielo) que de San Clemente del Tuyú.

– Pero mi vida, ¿no te pidió papi que lo dejaras, que la novia debe estar esperándolo?
– ¡No te hagas problema papi! -me dijo al tiempo que abría la mano izquierda en donde tenía otro cascarudo- ¡A la novia también la traje!

7 comentarios:

Silvia Macario dijo...

jajaja! Qué bueno Horacio!!! No puedo parar de reír antes semejante sucesión de sucesos que se sucedieron sucesivamente en esta historia.
Como no me gusta ser redundante ni reiterativa, no te voy a repetir que sos un genio.
;)

Excelente!!!!!!!!!!!!

Mariana Marziali dijo...

Qué linda anécdota de vacaciones!!! me gustó mucho...y me trae algún recuerdo con eso de los chicos y los bichos. Lo disfruté mucho. Te felicito!!
Saludos.
Mariana

Anónimo dijo...

LA VERDAD ME SORPRENDE TU CAPACIDAD DE RELATAR UN CUENTO,CON UNA HISTORIA DE VIDA QUE PASAMOS MUCHOS.
HERMOSO.
PATRICIA.

roberto dijo...

GEnioooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo deja el banco y segui con esto te felicito buenisimoooo!!!
Roberto Giusti

Soy de River dijo...

Me facinó el relato. muy atrapante, no dejè de leer ni un instante. A Dios gracias por haber encontrado este blog.
muchos saludos.
Quique

Anónimo dijo...

jaja!!! que buen relato... no me desprendí de la pantalla ni un segundo y mi imaginación voló, con tu historia entremezclandose con las típicas vacaciones con la flia.
Es bueno saber que mi esposo no es el único "burro de carga" y yo la única lady de la playa... jajaja
Carolina

Marycri dijo...

este no lo habia leido, generalmente me cuesta dejar comentarios...Aun me sigo riendo, pero a la vez me emocioné muchisimo, porque trae bellos recuerdos, y además que el que me los ha acercado es UN AMIGO.
te quiero Horacio, sos un genio.
Besos Marycri